¿”Rabietas” o “enfados”?

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El tema que vamos a tratar hoy preocupa casi a todos los que apostamos por la crianza respetuosa. Precisamente desde este respeto que fundamenta nuestro quehacer como padres, es conveniente plantearnos si queremos seguir usando los términos como “rabietas”, “berrinches” o “pataletas”. Estos términos se han creado por un sistema de crianza regido por una desigualdad, donde lo perteneciente al mundo de los niños no tenía la misma importancia que lo del mundo adulto. Se entendía, por tanto, que el enfado de un niño está provocado por un capricho, es injustificado y exagerado; cuando cambiamos de filosofía respecto a la crianza, no es esta la primera vez que el lenguaje (como otro tipo de “herencias”) nos traiciona.

Por todo ello, a partir de ahora, eliminamos de nuestro diccionario el término “rabieta” para sustituirlo por “enfado” o “rabia”, ya que, por mucho que nos parezca injustificado el comportamiento de nuestro hijo o hija, siempre existe una razón que para ellos es muy importante (nosotros nunca nos enfadamos sin causa, ¿por qué no debería pasar lo mismo a los pequeños?). Esta razón o causa del enfado esconde en si misma un deseo o necesidad que pide ser escuchada y aunque no pueda a veces satisfacerse, nuestro pequeño necesita que le mostremos nuestra comprensión y apoyo.
Pero ¿de dónde vienen los enfados? Normalmente aparecen alrededor de los dos años y tienen una función muy importante: liberar a las pequeñas personas que van ganando su autonomía, del estrés causado por las frustraciones de encontrarse con algún tipo del límite. Es evidente que, por distintas causas, estos límites aparecen en múltiples momentos de cada día de su pequeña e intensa vida. “Quiero este juguete”, “no quiero sopa”; pero también cuando “quiero alcanzar cosas de la balda más alta del armario” o “quiero que sea de día y es de noche”; los límites provocan frustración y la emoción de no poder sobrepasarlos es total. Los niños la viven muy intensamente, es como un chaparon de verano, también se pasa muy rápido.

Es muy importante que al mismo momento observemos las emociones que nos despierta ver a nuestro hijo enfadado. Es posible que nos contagiemos de la rabia que siente. En este caso, primer paso es darnos cuenta de ello. A veces podemos necesitar salir por un tiempo del espacio en el que se desarrolla la escena, para volver a un estado más calmado. Esta forma de actuar es más recomendable que despachar fuera al niño. Él bastante tiene con lo suyo y pide, nunca mejor dicho, a gritos, ser escuchado y apoyado por la persona que le quiere.Resolver la rabia que viven con firmeza aumenta su seguridad y confianza en nosotros.

Una de las cosas más importante es permitir a los niños expresar esta tormenta interior que están experimentando; ya que, reprimida, como podemos observar algunos en nuestras propias carnes, se vuelve contra nosotros haciéndonos mucho daño.

Llegado este punto es necesario hablar de agresividad, ya que un niño enfadado recurre a expresarla de alguna forma de esta para mostrar al mundo lo que siente. La agresividad (un grito, tirar algún objeto, pegar, hacerse daño a si mismo etc.) está asociada a la defensa de su espacio personal; por lo tanto, está muy unida al yo y a la autoestima. No tiene nada que ver con la destructividad que es gratuita, sin causa y a menudo con diferencia del poder (hacia los más débiles).

Por lo tanto, desde nuestro papel como padres tenemos que permitir a nuestros hijos enfadarse, pero que lo hagan de forma segura para ellos y para su entorno. Acompañarles en su enfado (“Tú tienes derecho de enfadarte”) y permitirles que se sientan escuchados y comprendidos es la idea clave para resolver este problema. Nos tiene que importar la causa de su estado. Ayudarles nombrar las emociones también puede servirles para que comprendan su tormentosa vivencia.

Cuando al niño se le pasa el enfado, es interesante comentar con calma de lo que ha pasado. Reconstruir la situación hablando desde nosotros ( sin valoraciones ni juicios), utilizando premisas de comunicación no violenta puede ser útil para que el niño integre lo que ha pasado y viva con más facilidad una situación parecida.

* Este artículo es resultado y resumen de la primera sesión monográfica sobre los enfados dirigida por la psicóloga infantil Pilar Seminario organizada por la escuela de padres y madres Besoetan. Esta semana nos espera la siguiente parte del monográfico. Por esta razón, me gustaría dejar abierto el tema extendiéndolo al siguiente post el que os contaré nuestros nuevos aprendizajes.

Mientras tanto me gustaría que me contaseis cómo vosotras afrontáis este tan complicado y recurrente tema.

3 Comments

  1. Reply

    Sea para reir o para llorar, para mi, ‘intensidad’ es la palabra-clave, porque denota ganas de vivir a raudales. ¿Qué mejor herencia podemos dejarles? Ayudemos a nuestros hijos a no perderla nunca, a no caer en la anestesia que atenaza nuestra sociedad. Para eso, acompañarles, hablarles, poner nombre a las emociones. Gracias Agnieszka.

    • Reply

      Totalmente de acuerdo Eva, la capacidad de asombro, la alegría, la tristeza, también enfado son emociones que un niño vive de forma total. Muchos piensan que éstos no son verdaderos ya que los pequeños son además capaces de pasar de un estado emocional a otro contario en segundos ( Carlos González habla de esto en Bésame mucho) . Tenemos unos pequeños maestros en casa de los que aprender a sentir y vivir intensamente la vida saliendo de las limitaciones de nuestros automatismo a de forma de actuar.

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